La ayuda de algunas personas ha facilitado la búsqueda del libro raro oculto en el paraíso de sus bibliotecas, fruto del ocio atento de sus propietarios. Quiero mencionar a Cecilio Alonso que me entregó generosamente el resultado de sus investigaciones en los periódicos del primer tercio del siglo. A Chema Castañón cuyas observaciones sobre la poesía en bable o asturiano resolvieron dudas y orientaron criterios. A Abelardo Linares y a Carlos Sahagún con sus bibliotecas abiertas a la voracidad de esta investigación. A Abel Feu y a Arturo Ramoneda cuya información puntual evitó errores importantes. Y también a los poetas que, a mi requerimiento, completaron los datos bibliográficos de sus libros, inencontrables a veces en la Biblioteca Nacional. Y por último, pero no menos importante, a librerías de viejo de Gijón, Oviedo, Santander, Bilbao, Barcelona, Palma de Mallorca, Valencia, Málaga, Sevilla, Lisboa y Madrid, cuyos ocultos tesoros siempre están a la espera de la paciencia y del privilegio (que son también disfraces de la suerte) del que quiere buscarlos.

Ángel Pariente